De la última crisis existencial…

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Como resulta de complejo que un solo suceso en la vida pueda hacerme cuestionar todo: cada paso que he dado y cada decisión que he tomado. Preguntándome si todo lo que he hecho realmente ha valido la pena, si donde estoy ahora es donde alguna vez imaginé estar… en todos los aspectos de la vida.

Hace semanas, una crisis existencial me obligó a detenerme.
A darme cuenta de que estaba yéndome hacia un lugar al que no tenía que ir. Que estaba abandonando cosas que me hacen feliz, y dejando de lado esos sueños por los que estoy —precisamente— donde estoy.

Soy fiel creyente de que, al final del día, todo lo que sucede me da un poquito más de claridad para seguir intentando mantenerme enfocada (aunque es todo un reto… y por eso es por lo que más me juzgo).

He tenido que sentarme conmigo varias veces para recordarme quién soy y replantearme qué quiero hacer, qué quiero tener y cómo lo quiero lograr. He ido buscando los medios para eliminar cosas —y personas— que siento que no están alineadas con lo que busco.
Claro… decirlo o escribirlo es mucho más fácil que hacerlo.

Y es que, ¡qué fuerte es hacerse esos trabajos de autoanálisis! Pero no desde el juicio o la autoexigencia o el «darme palo» por lo que no hago bien… sino desde una perspectiva más bonita, más compasiva, más amiga.

Quizá nunca había sido tan consciente de que la persona que más me juzga y me exige… soy yo misma. Y no es que esté del todo mal, pero todo en exceso termina siendo nocivo.

Finalmente, las crisis existenciales siempre llegarán. Y lo único bueno que encuentro en ellas es que, cuando las superas, resultas estar un poquito más evolucionada, y mejor que tu versión anterior.

Espero que mi siguiente crisis se tarde bastante en llegar.
Creo que ya evolucioné y mejoré bastante en lo que va del año.

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